Silencio absoluto.
Por primera vez en diez años, no era yo quien temblaba.
Era él.
—No quieres hacer esto —dijo en voz baja.
—Fuiste tú quien quiso dividir.
Se levantó abruptamente.
—Podemos arreglarlo.
—Claro que podemos.
Cerré la carpeta con suavidad.
—Pero ya no bajo tus condiciones.
Dos semanas después, firmamos un acuerdo.
No fue el que él imaginó.
La casa quedó a mi nombre y al de nuestros hijos.
Yo adquirí participación oficial en la empresa.
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