No negó.
Porque era cierto.
—Pero cometiste un error —continué.
—¿Cuál?
Lo miré directo a los ojos.
—Pensaste que no sabía jugar.
Saqué el último documento.
El más importante.
Un acuerdo privado firmado cuando compramos el apartamento.
Cláusula de aportación invisible: aunque él figuraba como titular principal por estrategia fiscal, el capital inicial provenía de una cuenta a mi nombre.
Legalmente demostrable.
—Si dividimos todo, la propiedad se liquida. Y yo recupero mi inversión actualizada con intereses. Más el 50% de la empresa.
Su rostro perdió color.
—Eso me arruina.
—No. Eso nos divide.
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