Mi hermana gemela era golpeada diariamente por su esposo abusivo. Mi hermana y yo intercambiamos identidades e hicimos que su esposo se arrepintiera de sus actos.

La campana que anunciaba el final del horario de visitas sonó en el pasillo.
Nos miramos. Gemelas. Dos mitades del mismo rostro. Pero solo una de nosotras había entrado en una casa infestada de violencia sin temblar.

Nos cambiamos rápidamente. Ella se puso mi suéter gris del hospital. Tomé su ropa, sus zapatos desgastados, su credencial. Cuando la enfermera abrió la puerta, me sonrió, completamente ajena a todo.

—¿Ya se va, señora Reyes?

Bajé la mirada e imité la voz tímida de Lidia.

—Sí

h.

Cuando la puerta metálica se cerró tras mí y el sol me dio en la cara, sentí que los pulmones me ardían. Diez años. Diez años respirando aire prestado. Caminé hacia la acera sin mirar atrás.

«Se acabó tu tiempo, Damián Reyes», murmuré.

La casa estaba en Ecatepec, al final de una calle húmeda y lúgubre donde perros flacos dormían junto a las llantas de autos destrozados. La fachada se estaba descascarando. La puerta estaba oxidada. El olor me golpeó incluso antes de entrar: humedad, grasa rancia y algo agrio, como comida en mal estado.

No era una casa. Era una trampa.

La vi enseguida.

Sofía estaba sentada en un rincón, aferrada a una muñeca sin cabeza. Su ropa le quedaba pequeña, tenía las rodillas raspadas y el pelo enredado. Cuando levantó la vista, sentí que se me rompía el corazón. Tenía los ojos de Lidia. Pero no su brillo.

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