—Hola, mi amor —dije, arrodillándome—. Ven conmigo.
No corrió a abrazarme. Se alejó.
Y detrás de mí, se oyó una voz amarga.
—Mira esto. La princesa ha decidido volver.
Me giré. Allí estaba Doña Ofelia, mi suegra. Bajita, corpulenta, con un vestido floreado y una mirada que podía agriar la leche.
—¿Dónde has estado, inútil? —espetó—. Seguro que fuiste a llorar con tu hermana loca.
No dije nada.
Entonces apareció Brenda, la hermana de Damián, y detrás de ella su hijo, un mocoso malcriado que vio a Sofía y le arrebató la muñeca.
—Esa cosa es mía —dijo, y la arrojó contra la pared.
Sofía rompió a llorar. El niño levantó el pie para patearla.
No fue suficiente.
Le sujeté el tobillo en el aire.
La habitación se quedó helada.
—Si vuelves a tocarlo —dije con calma—, te acordarás de mí para siempre.
Brenda se abalanzó sobre mí, furiosa.
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