Mi mano derecha sanó, aunque los dedos quedaron un poco encogidos por la cicatriz. Mi cuerpo ganó peso poco a poco. Mi cabello dejó de caerse a mechones. Pero mi voz siguió escondida. Los médicos dijeron que no debían presionarme. Que el lenguaje regresaría cuando el miedo entendiera que ya no tenía razón para quedarse.
Entré a la primaria meses después. No sabía leer bien, me costaba escribir y no hablaba con nadie. Pero dibujaba. Dibujaba con una desesperación que asombró a mi maestra de arte. Mientras otros niños pintaban volcanes o luchadores, yo llenaba hojas con mesas enormes repletas de comida: pozole, frijoles de olla, arroz rojo, tortillas infladas, platos humeantes que parecían promesas. Y siempre, al centro, una familia de tres.
—Pintas lo que más te hizo falta —me dijo una vez la maestra.
Tenía razón.
El tiempo comenzó a acomodar algunas grietas. Yo sonreía más. Dormía mejor. Incluso me atrevía a tomar de la mano a Catalina cuando salíamos al mercado. Pero el miedo no desaparece de un día para otro. Solo cambia de forma.
Una tarde, a finales de abril, el colegio cerró y Catalina no llegó a recogerme a la hora de siempre. Los minutos pasaron. Luego media hora. Después casi una hora. Los otros niños se fueron y la puerta empezó a vaciarse. Yo sentí que el mundo se inclinaba otra vez. El mismo vértigo. La misma certeza irracional: me abandonaron.
Cuando por fin frenó un taxi frente a la escuela, salté hacia atrás del susto. Bajó Mateo, pálido, sudoroso.
Me abrazó enseguida.
—Tranquila, mi amor. Tu mamá está bien. Solo tuvo un accidente pequeño en el taller. Vamos a verla.
Pero yo ya temblaba.
Llegamos a la clínica y corrimos por el pasillo. Catalina estaba sentada en una banca, con la mano vendada y manchada de sangre vieja. Se levantó apenas me vio. Sonrió, a pesar del dolor.
—Perdóname, mi vida —dijo—. Fue un corte tonto. No quería que te asustaras.
La miré fijamente. Ella estaba herida y aun así lo primero que hacía era consolarme. Nadie, jamás, me había puesto por encima de su propio dolor.
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