Se quedó de espaldas a nosotras, inmóvil.
Catalina se puso de pie. El tejido cayó al suelo.
—Mateo… —susurró.
Él se volvió.
Tenía la cara bañada en lágrimas.
Pero estaba sonriendo.
Cruzó la sala, se arrodilló frente a mí y tomó mis manos.
—Es ella —dijo con la voz rota—. Es nuestra Solana.
Catalina soltó un sollozo tan profundo que me atravesó por dentro. Se arrodilló junto a él. Los dos me abrazaron. Esta vez yo no me quedé dura. Esta vez me rompí. Lloré como si me estuvieran sacando toda la nieve de los huesos. Lloré por la niña que fui, por la que sobrevivió en la chatarra, por la que había esperado una semana entera sintiéndose impostora en su propia vida.
No me iban a devolver.
Yo era su hija.
A partir de entonces, empezó el trabajo más difícil: aprender a vivir sin esperar el golpe.
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