Mi madrastra me obligó a casarme con un joven amo rico pero discapacitado. En nuestra noche de bodas, lo cargué hasta la cama y, al tropezar, descubrí una verdad que me dejó conmocionada.

—Si te casas con Rohan, el banco no nos quitará la casa. Hazlo por la memoria de tu madre —me suplicó.

Acepté. Pero por dentro ardía de humillación.

La boda se celebró en una antigua hacienda colonial a las afueras de la ciudad. Las paredes de cantera, los candelabros de cristal y el mariachi hacían que todo pareciera un sueño lujoso. Yo llevaba un vestido blanco bordado a mano, pero mi corazón estaba vacío.

El novio estaba en su silla de ruedas. No sonrió. No habló. Solo me miró con unos ojos oscuros e imposibles de descifrar.

El día que llegué a la enorme villa familiar sentí que el peso del mundo caía sobre mis hombros.

La casa se alzaba silenciosa bajo un cielo gris, rodeada de jacarandas y un viejo ahuehuete que parecía haber visto generaciones enteras pasar.

—Recuerda, Ananya —me susurró mi madrastra esa mañana, apretándome el brazo—. No cuestiones nada. Solo obedece.

Yo ya estaba acostumbrada a no tener voz propia desde que mi padre murió.

Rohan vivía prácticamente solo en aquella propiedad inmensa. Los empleados hablaban en voz baja de cómo antes del accidente era un joven empresario brillante, lleno de sueños. También mencionaban a la prometida que lo abandonó la misma semana en que su vida cambió para siempre.

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