Mi madrastra me obligó a casarme con un joven amo rico pero discapacitado. En nuestra noche de bodas, lo cargué hasta la cama y, al tropezar, descubrí una verdad que me dejó conmocionada.

—¿…Puedes sentir eso? —pregunté sorprendida.

Él bajó la mirada y por primera vez vi una sonrisa frágil en sus labios.

—El doctor dice que podría volver a caminar con terapia constante… pero después de que todos se fueron, dejó de importarme.

Esa noche no dormí.

A la mañana siguiente me levanté temprano. En la cocina encontré canela, piloncillo y café. Preparé café de olla, dejando que el aroma llenara los pasillos silenciosos.

—¿Lo hiciste para mí? —preguntó confundido cuando le llevé la taza.

—Podemos tomarlo en el balcón. El aire de la mañana es amable.

No se negó.

Durante los días siguientes, comencé a crear pequeñas rutinas. Cada mañana lo llevaba al jardín para que el sol tocara su rostro.

—Tal vez ahora no te guste la luz —le decía—, pero la luz todavía te quiere.

Al principio apartaba la mirada. Después, dejó de hacerlo.

Un día encontré un viejo cuaderno de dibujo. Le puse un lápiz en la mano.

—Dicen que antes dibujabas.

Trazó una línea insegura. Luego otra más firme. Al final de la tarde había dibujado el ahuehuete del jardín.

—¿Por qué te importo? —me preguntó un día.

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