Nos encontramos en una cafetería en Condesa. Ella llegó arreglada, impecable, como si la apariencia pudiera sostener la dignidad. Sus manos, sin embargo, temblaban cuando tomó la taza.
No me insultó.
No se burló.
No sonrió con superioridad.
Lo primero que hizo fue susurrar, como aquella noche… pero ahora su voz no era un cuchillo. Era un ruego.
—Valeria, por favor… no nos destruyas.
La miré sin hablar.
Ella tragó saliva.
—Yo… yo no sabía que esto iba a pasar así. Era solo… para salir adelante. Para mantenernos. Para que Arturo no se quedara sin oportunidades.
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