La primera carta llegó un martes, a media mañana, como si el banco hubiera elegido el horario exacto para que el mundo se me viniera encima con tranquilidad administrativa.
No era un sobre cualquiera. Era grueso. Con el logo en relieve. Y mi nombre —Valeria Méndez— impreso con esa frialdad impecable que tienen las cosas importantes cuando por fin te alcanzan.
Lo abrí en la cocina de mi departamento, con el café todavía humeando. Pensé que sería algún aviso de rutina, algún recordatorio de saldo, alguna promoción ridícula. Pero en cuanto vi el encabezado, se me heló la espalda:
“Resumen consolidado de productos financieros asociados al titular.”
Productos. En plural.
Bajé la vista.
Una tarjeta que yo no recordaba haber solicitado.
Un crédito automotriz.
Dos líneas de crédito personal.
Y una cuenta de inversión.
Todas… vinculadas a mi nombre.
Y, sin embargo, yo jamás había visto ese dinero.
Me quedé inmóvil con el papel entre las manos. Escuché el tic-tac del reloj como si alguien estuviera contando los segundos que me quedaban para seguir siendo ingenua.
Entonces sonó el teléfono.
—¿Valeria? —era la voz temblorosa de Lucía, la gerente de mi sucursal. Una mujer que siempre me hablaba con tono amable, casi maternal—. Necesito que vengas hoy. Es… importante.
—¿Qué pasa? —mi voz salió más baja de lo que quería.
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