Lucía guardó silencio un segundo. No el silencio de quien busca palabras; el de quien está tratando de no decir demasiado por teléfono.
—Hay movimientos irregulares. Y… documentos. Quiero que los veas aquí, conmigo.
Colgué. Me puse un abrigo sin mirar si combinaba. Salí a la calle. En el metro, todos parecían seguir con su vida. Yo iba con una carpeta en el bolso, como si llevar papeles pudiera mantener a raya una traición.
En el banco, Lucía me recibió en una oficina con vidrio esmerilado. Me ofreció agua. No la acepté.
—Valeria —dijo, mirándome a los ojos—. Esto no es solo “un malentendido familiar”.
Deslizó un folder hacia mí.
Ahí estaban: formularios con mi firma.
O mejor dicho… con una firma parecida a la mía.
La misma inclinación en la V. El mismo remate. Una imitación cuidadosa, practicada, perfeccionada.
Sentí náuseas.
—¿Quién…? —no pude terminar la pregunta.
Lucía colocó otro documento encima, con una fecha de hace años.
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