—Estamos celebrando. Aarón acaba de cerrar un negocio enorme. Un desarrollo de departamentos en Santa Fe.
Aarón acomodó su saco.
—Es un nivel de negocios que no creo que entiendas, Maya. Tú sigues jugando a la escritora, ¿no? ¿Todavía con goteras en tu depa?
Yo sonreí apenas. Justo eso quería escuchar.
—De hecho, quería hablarles de dinero —dije, bajando la voz—. Se me metió el agua al departamento. El casero no responde y necesito arreglarlo ya. Quería pedirles prestados cien mil pesos. Se los regreso en seis meses.
Era una prueba. Esa tarde había ganado muchísimo más que eso. No necesitaba su dinero. Solo quería saber si, después de cinco años de sostenerles la vida en silencio, alguno de ellos movería un dedo por mí.
Ximena soltó una carcajada y puso su bolso sobre la mesa con un golpe seco.
—Mira esto primero —dijo, levantando una bolsa naranja—. Mi mamá me compró esta Birkin hoy. ¿De verdad crees que tenemos “cambio” para arreglar tus malas decisiones?
Mi mamá suspiró, como si mi pobreza le provocara migraña.
—Siempre arruinas todo, Maya. Siempre. Nunca puedes vernos felices sin traer tus problemas. No estamos aquí para rescatarte otra vez.
Otra vez.
Jamás les había pedido un peso desde que mi papá murió. Ni uno solo. De hecho, yo era quien aprobaba, mes tras mes, cada uno de sus caprichos sin que ellas lo supieran.
Aarón se inclinó hacia delante, divertido.
—La familia ayuda a quien se ayuda solo. Consíguete un trabajo de verdad. Deja de rayar libretitas y tal vez dejes de vivir bajo una cubeta.
Lo miré fijo. Ese mismo hombre no sabía que yo había pasado la mañana comprando discretamente la deuda de su empresa para evitar que cayera en quiebra. No sabía que la bolsa naranja de Ximena, el spa de mi mamá y hasta ese vino carísimo se habían pagado, indirectamente, con mi esfuerzo.
Empujé mi silla hacia atrás.
—Entonces la respuesta es no.
Mi mamá se puso de pie. Roja, furiosa. Tomó la servilleta de su regazo y me la aventó al pecho.
—No. La respuesta es no. No soy tu banco, Maya. Tienes treinta y dos años y eres una sanguijuela. Lárgate. Y no vuelvas hasta que puedas pagar una cena en un lugar como este.
Nadie respiró.
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