La casa. El dinero.
El estatus.
La ilusión.
Y, sobre todo, yo.
«Nunca pensé que fueras capaz de esto», dijo en voz baja.
Me incliné hacia adelante.
«Eso es porque nunca te importó saber quién era yo en realidad».
El silencio siguió. Pesado y definitivo.
Entonces suspiró.
No porque quisiera,
sino porque lo entendió.
Cuando se fue, no le quedaba nada a lo que aferrarse. Ni hogar, ni poder, ni identidad construida sobre mi éxito.
Me quedé sentada. Ni feliz, ni triste.
Simplemente libre.
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