Mi nombre es Michael Harris. Tengo sesenta y un años.

Cuando se abrió la puerta, la reconocí al instante.

Llevaba un abrigo azul claro.

Se detuvo en la entrada, mirando a su alrededor.

Me puse de pie.

Nuestras miradas se cruzaron.

Y en ese momento, cuarenta años parecieron desvanecerse.

Hablamos durante horas.

Recordamos la escuela.

Los profesores.

Los amigos.

Nos reímos recordando viejas historias.

Y poco a poco, ese sentimiento que una vez pareció perdido para siempre reapareció entre nosotros.

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