Zinaida Petrovna cumplió una condena condicional y de repente se "hinchó": sin poder, sin conocidos, solo una reputación que la gente rechaza en el ascensor. No tenía a quién alquilar el apartamento ni a quién "decidir"; tuvo que valerse por sí misma: se dio de alta como autónoma, consiguió un trabajo a tiempo parcial como administrativa en una clínica privada y, al mismo tiempo, regentaba un punto de reparto cerca de casa; allí se sienta como si estuviera de guardia, sonriendo a todos.
Zhanna se casó por conveniencia: era la dueña de una pequeña gasolinera, diez años mayor que ella, con un hijo de su primer matrimonio y un cansancio eterno en la mirada. Me fui con él a la región, donde ella tiene un negocio y un apartamento, y donde a nadie le interesa su pasado.
Y Gleb... Gleb estaba allí. Nos convertimos en un gran equipo. No hablábamos de asuntos personales, manteníamos las distancias. Aunque a veces captaba su mirada pensativa.
Por la noche vino a mi casa.
— Nadya, prepárate. ¡Vamos!
— ¿Adónde? La jornada laboral aún no ha terminado.
— A ese camping. Lo compré. Lo restauré. Quiero enseñárselo. Y... tenemos que hablar. No de trabajo.
Íbamos por la misma carretera, pero ya no había ventisca, brillaba el sol primaveral. El camping había cambiado. Casas nuevas, caminos despejados.
Nos acercamos a ese lugar cerca del porche.
— Aquí me encontraste —dijo Gleb—. Si no fuera por ti...
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
