Dijo en voz baja: «Era tan pequeño... Probablemente... me excedí. En aquel entonces, con la niñera».
Nina comprendió que le costó muchísimo trabajo interior decir esas palabras.
«Fue duro para todos», respondió. «Pero ahora... es mucho mejor. Para todos».
Tatyana Andreyevna suspiró.
«Yo... cuando te mudaste, pensé que moriría sola», admitió. «Y entonces, de alguna manera... aparecieron los vecinos, mi hermana, el club de punto. Y ahora vengo a ti como si estuviera de visita, no para ver cómo estás... Supongo que así es como debe ser».
Miró a Nina:
«No te quedes callada. Habla enseguida. No te contengas. Si no, volveré a darte órdenes, por costumbre».
Nina sonrió.
«Trato hecho», dijo. «Acabo de aprender a hablar». Ambas rieron, un poco nerviosas, pero ahora con buen humor.
Epílogo. El consejo terminó, la vida comenzó.
Un año después de mudarse, Nina recordaba a veces el día en que gritó por primera vez:
"¡¿Qué te hace pensar que puedes decidir algo en esta casa sin mí?!"
Solía regañarse por esos gritos: "Debería haber sido más suave, más tranquila". Ahora entendía: a veces un "no" rotundo salva más que un suave "Vale, lo aguanto".
Tatyana Andreyevna no se había convertido en la suegra perfecta. Todavía podía soltar: "Lo estás sobrealimentando" o "En mi época no vestían así a los niños". Pero esto ya no venía seguido de una invasión con llaves, "sus" niñeras y cosas tiradas.
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