—¿Otro evento? —preguntó alguien.
Evelyn dudó. —Fue… una cena familiar. Nada formal.
Maya se puso a mi lado, serena y profesional. —Fue una cena privada —dijo—. Treinta y dos invitados. Servicio completo. Sin depósito. Sin pago.
Evelyn se volvió hacia ella bruscamente. —No te doy explicaciones.
—No tienes por qué —respondió Maya con calma—. Nuestro contrato es con el anfitrión. La factura es válida.
Evelyn volvió a mirarme. —De acuerdo —dijo, con una sonrisa forzada—. Envíala a mi oficina. Mi asistente se encargará.
Negué con la cabeza. El pago vence esta noche. El evento está por terminar. Aceptamos tarjeta, transferencia bancaria o cheque certificado.
Unos cuantos murmullos silenciosos llenaron la sala, de esos que se escuchan cuando el drama se vuelve insoportable.
Evelyn me miró como si me viera con claridad por primera vez. Durante años había confundido mi silencio con debilidad. Ahora se daba cuenta de su error.
—¿Me estás amenazando? —susurró.
—Te haré responsable —dije—. Si te niegas a pagar, lo trataré como cualquier otro evento impagado.
Victoria entrecerró los ojos. —¿Qué quieres decir?
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