Unal.
Vestido negro. Ojos rojos. Lápiz labial perfecto.
Se detuvo en la puerta.
—¿De verdad vamos a hacer esto?
Señalé una silla. —Siéntate.
Fui al final con las cartas.
Mi madre ocupó la cabecera de la mesa. El asiento de la abuela.
Ray se sentó a su lado, con la mandíbula apretada.
Fui al final con las cartas.
Mi voz era firme, aunque mis manos no lo fueran.
—Voy a leer lo que dejó la abuela —dije.
Nadie se movió cuando terminé.
Linda se burló. —Adelante. Hazme quedar como la mala.
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