Antes de irte, Daniel te entrega una carpeta más.
«Roberto me pidió que te la diera solo si las cosas llegaban a este punto».
Dentro hay otro sobre sellado.
Sientes un nudo en el estómago.
Siempre hay otra habitación en el dolor, piensas. Otro pasillo que no sabías que existía.
Esperas a llegar a casa para abrirlo.
Esta segunda carta es más corta. Más directa.
Si Ángela te traiciona de forma grave, hay algo más que debes saber. Hace tres años, Eduardo me pidió dinero en privado. No una sola vez. Repetidamente. Dijo que tenía oportunidades de negocio. Después supe que tenía deudas de juego. Pagué una deuda para mantener a los usureros alejados de Ángela y de los hijos que esperaban tener. No se lo conté a nadie. Cuando me negué a seguir haciéndolo, su actitud cambió. Una vez lo sorprendí en mi estudio revisando nuestros archivos. Afirmó que buscaba un cargador. No le creí.
Tu corazón late con fuerza en tus oídos.
Contraté a un contador para que revisara discretamente si se había usado indebidamente alguna información de la casa. Se hicieron algunos intentos, pero nada se concretó. Cambié contraseñas y moví documentos. No te lo conté porque esperaba estar siendo paranoica. Pero si ahora estás leyendo esto, entonces mi paranoia era sabiduría disfrazada de trabajo.
Sueltas una risita, porque suena exactamente como Roberto, incluso ahora, mezclando calidez con seriedad. Luego la risa se corta.
Ahí está.
El resumen de todo.
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