Vi cómo sus zapatillas se detenían.
—¿Sí? —contestó ella. Hubo una pausa larga—. Sí, ya tenemos el paquete… No, hubo un imprevisto… Encontramos algo más… No, no por teléfono… Está bien. En una hora. En el lugar de siempre.
Colgó.
—Recoged todo —dijo, volviendo a su tono de mando—. Tenemos que irnos. El Comprador quiere vernos antes.
—¿Qué hacemos con las fotos? —preguntó Leo.
—Nos las llevamos. Y la palanca también. Si el del 42 nos estaba siguiendo, vamos a tener que hacerle una visita especial esta noche.
—¿Esta noche? —chilló Sarah—. ¡Pero mis padres…!
—Tus padres creerán que estás durmiendo en casa de Emma, como siempre. ¡Moveos! ¡Ya!
El frenesí de movimiento se reanudó. Manos jóvenes recogiendo el botín del suelo, el sonido de las cremalleras cerrándose, el tintineo de las joyas desapareciendo en las mochilas.
—Espera —dijo de pronto el chico de las botas—. Se me ha caído un pendiente. Rodó hacia allá.
Vi una mano grande y callosa bajar hacia el suelo. Hacia la oscuridad debajo de la cama.
Mis pulmones ardían por la falta de aire. Me pegué contra la pared del fondo, encogiendo las piernas tanto como pude, rogando que las sombras fueran suficientes.
La mano tanteó la alfombra. Los dedos rozaron una pelusa a escasos centímetros de mi nariz. Si movía la cabeza, me vería. Si respiraba fuerte, me oiría.
—¿Lo tienes o no? —gruñó Lily desde la puerta.
—No lo veo… espera.
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