La miré, luego a mi madre.
“No. Ella hizo lo que le resultó más fácil, y él lo pagó todos los días. Tengo derecho a estar molesta”. —Tengo derecho a sentirme herida —dije.
El rostro de mamá se arrugó y, por primera vez, no se apresuró a arreglarlo.
Simplemente asintió, con una pequeña sonrisa temblorosa, y susurró: «Lo siento».
La herida entre nosotras era profunda y real. Tal vez sanara algún día.
Tal vez no.
Pero por fin supe la verdad, y nadie podría volver a enterrarla.
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