Esa noche apenas dormí. Lloré…
Sí, pero no tanto como esperaba. Lo que sentí no fue solo tristeza. Fue una claridad intensa. El domingo por la mañana, a las once, mi familia se reuniría en casa de mi tía Carmen en Coyoacán para celebrar el aniversario de mis abuelos. Estarían todos: mis padres, mis tíos, mis hermanos, Paola… y hasta hace dos días, Diego también. Decidí que la reunión no se cancelaría.
A la mañana siguiente, Paola me envió veinte mensajes. Luego me llamó. Después me mandó un mensaje de voz llorando, diciendo que necesitábamos hablar "como mujeres", que las cosas eran "más complicadas", que ella también estaba sufriendo. No respondí. Guardé capturas de pantalla, reenvié mensajes a mi correo electrónico y me vestí con una calma que me sorprendió incluso a mí misma.
Cuando llegué a casa de mi tía, Paola ya estaba allí, sentada a la mesa del patio, impecable, con un vestido blanco y una sonrisa forzada. Levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron.
Yo también sonreí.
Porque, por primera vez desde aquella llamada, yo era quien sabía exactamente lo que iba a pasar.
El almuerzo comenzó como la mayoría de las reuniones familiares: platos de mole y tacos al pastor que pasaban de mano en mano, conversaciones superpuestas y esa falsa sensación de normalidad que a veces dura solo unos minutos antes de desvanecerse para siempre. Mi madre habló de un próximo viaje a Guadalajara, mi tío sirvió tequila, mi abuela se quejó del calor. Paola evitó mirarme, pero noté que tenía el teléfono sobre las piernas, como si esperara instrucciones, un rescate o una salida imposible.
Cuando todos se sentaron, me puse de pie.
“Antes del postre, quiero decir algo”.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
