Lo miré fijamente a los ojos.
—Tú creaste la escena —respondí—. Yo solo me aseguré de que las luces estuvieran encendidas.
La otra verdad en la puerta
El timbre volvió a sonar antes de que nadie pudiera responder, y el sonido rompió la tensión como un signo de puntuación deliberado.
Los ojos de Owen se abrieron de par en par.
Me levanté y caminé hacia la puerta sin prisa, consciente de que cada paso se sentía como una página que se pasaba en una historia que ya no temía.
Cuando abrí, una joven estaba allí de pie, con la mano apoyada protectoramente sobre su cintura en un gesto que no necesitaba explicación. Parecía nerviosa, esperanzada y completamente ajena a la habitación a la que estaba a punto de entrar.
—Owen dijo que su esposa no estaría en casa —comenzó en voz baja.
Me hice a un lado.
—Pasa —dije, porque la verdad merecía testigos.
Cuando vio a la familia reunida, su expresión vaciló y retrocedió instintivamente, pero Owen ya estaba de pie.
—¿Qué haces aquí? —exigió, presa del pánico.
La joven, cuyo nombre más tarde supe que era Marissa Doyle, nos miró a ambos.
—Me dijiste que viniera —dijo, con un tono de confusión en la voz.
Gerald se puso de pie lentamente, su autoridad llenando la habitación.
—¿Es esta la tercera persona que recibe honorarios de consultoría? —preguntó, en voz baja, pero con una firmeza que no dejaba lugar a evasivas.
Marissa negó con la cabeza rápidamente.
—No sabía nada de dinero de la empresa —insistió—. Dijo que se estaba separando. Dijo que apenas hablaban.
La frustración de Owen se desbordó.
—Esto se está tergiversando —espetó—. Están exagerando.
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