Meses después, regresé a la ciudad por un evento del grupo de hospitalidad. Caminé por Polanco como quien visita una vida ajena. Pasé frente al café donde había conocido a Lorenzo. Él estaba ahí, acomodando tazas. Me vio. Sonrió con sorpresa.
—Tiempo sin verte —dijo con esa voz tranquila, honesta.
—He estado lejos —respondí.
—¿Quieres el de siempre?
No lo pensé demasiado.
—Sí.
Platicamos un rato. De viajes. De planes. De cosas pequeñas. La conversación no era forzada. No había prisas. No había peso. Era ligera como el aire de la tarde.
Al despedirnos, Lorenzo dudó un instante antes de extenderme un papel con su número.
—Por si algún día quieres un café… fuera de la barra.
Lo tomé.
Y por primera vez desde todo aquello, sentí una chispa cálida, profunda, sorprendente.
No un reemplazo.
No un refugio.
No una cura.
Solo la posibilidad de algo bueno, auténtico, sano.
Algo que llegaba cuando yo ya no lo buscaba.
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