Algo que llegaba cuando yo ya sabía vivir sola, sonreír sola, elegir sola.
Algo que llegaba justo a tiempo.
Esa noche, en mi habitación de San Miguel, abrí las ventanas para que entrara el aire frío del altiplano. Me senté frente a mi libreta —la misma donde escribí mi vida futura— y añadí una línea más, simple, clara, luminosa:
Estoy lista para lo que venga. Y lo que venga será hermoso.
Porque entendí que no todos los imperios deben ser enormes.
Algunos son íntimos.
Algunos se construyen en silencio.
Algunos nacen cuando una mujer decide que ya no vivirá a la sombra de nadie.
Mi imperio —el verdadero— comenzó el día que dejé de llorar por personas que no sabían amarme.
Y continuó el día en que me miré al espejo y por fin me reconocí.
Renacida.
Fuerte.
Libre.
Y, por primera vez en muchos años… profundamente feliz.
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