Muchas veces le decía a Elías:
— Si algún día encuentras a tu madre, perdónala. Nadie abandona a su hijo sin que le duela el alma.
Elías creció entre mercados ambulantes, entradas del metro y noches frías bajo el puente. Nunca supo cómo era su madre. Don Bernardo solo le dijo que, cuando lo encontró, el papel tenía una marca de lápiz labial y un cabello largo y negro estaba enredado en la pulsera.
Pensaba que su madre era muy joven… quizá demasiado joven para criar a un niño.
Un día, Don Bernardo enfermó gravemente de los pulmones y fue llevado a un hospital público del IMSS. Sin dinero alguno, Elías tuvo que pedir limosna más que nunca.
Aquella tarde, escuchó a unos transeúntes hablar de una boda lujosa en una hacienda cerca de Querétaro, la más fastuosa del año.
Con el estómago vacío y la garganta seca, decidió probar suerte.
Se quedó tímidamente cerca de la entrada. Las mesas rebosaban de comida: mole, carnes asadas, postres finos, bebidas frías.
Una ayudante de cocina lo vio, se apiadó de él y le dio un plato caliente.
— Siéntate ahí y come rápido, niño. Que nadie te vea.
Elías le dio las gracias y comió en silencio, observando el salón: música clásica, trajes elegantes, vestidos brillantes.
Pensó:
¿Vivirá mi madre en un lugar como este… o será pobre como yo?
De pronto, la voz del maestro de ceremonias resonó:
— ¡Damas y caballeros… aquí llegan los novios!
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