Mientras pedía comida en una boda lujosa, un niño se quedó paralizado al reconocer a la novia como su madre perdida desde hacía mucho tiempo. La decisión del novio hizo llorar a todos los invitados.
El niño se llamaba Elías. Tenía diez años. No tenía padres.
Lo único que recordaba —o más bien, lo que le habían contado— era que, cuando apenas tenía casi dos años, Don Bernardo, un anciano indigente que vivía bajo un puente cerca del Canal de la Viga, en la Ciudad de México, lo había encontrado dentro de una palangana de plástico, flotando cerca de la orilla después de una lluvia torrencial.

El niño aún no hablaba. Apenas podía caminar. Lloraba hasta quedarse sin voz.
Alrededor de su pequeña muñeca solo había dos cosas:
— una vieja pulsera trenzada de hilo rojo, deshilachada por el tiempo;
— y un pedazo de papel empapado, donde apenas se podía leer:
«Por favor, que alguien de buen corazón cuide de este niño. Su nombre es Elías.»
Don Bernardo no tenía nada: ni casa, ni dinero, ni familia. Solo unas piernas cansadas y un corazón que todavía sabía amar.
Aun así, cargó al niño y lo crió con lo que encontraba: pan duro, sopa comunitaria, y botellas recicladas por unas cuantas monedas.
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