A su lado, su esposa Camila Herrera observaba la escena con curiosidad contenida, mientras su hija Akemi, una joven de rasgos delicados que mezclaban perfectamente dos culturas, no podía apartar los ojos de Isabela. Madre. Kenji se dirigió a Yoshiko en japonés. ¿Estás segura de que es ella? La anciana asintió lentamente, sus ojos humedecidos por algo que Isabela no alcanzaba a comprender. Es ella, respondió Yoshiko. Reconocería esos ojos en cualquier lugar. Son los ojos de Jiromi. El nombre golpeó a Isabela como una ola inesperada.
Jiromi. Ese nombre que su madre susurraba a veces entre sueños. Ese nombre que aparecía en viejas fotografías que guardaban en una caja bajo la cama. Ese nombre que siempre había sido un misterio envuelto en silencios. ¿Cómo conoce ese nombre? Isabela preguntó. Su voz apenas un susurro. ¿Cómo conoce a Jiromi? Yoshiko extendió su mano invitando a Isabel a sentarse junto a ella. Era un gesto tan maternal, tan lleno de ternura, que Isabela la obedeció sin pensar. Iromi Nakamura era mi mejor amiga.
Yoshiko comenzó a hablar, su voz cargada de memorias antiguas. Crecimos juntas en un pequeño pueblo de Japón. Éramos inseparables. Cuando teníamos 20 años, ella conoció a un joven extranjero que había llegado a nuestro pueblo como voluntario. Se enamoraron profundamente. Isabel la escuchaba con el corazón latiendo cada vez más fuerte. Conocía fragmentos de esta historia, pero nunca la había escuchado completa. La familia de Jiromi no aprobaba la relación, continuó Yoshiko. En aquella época casarse con un extranjero era considerado una deshonra.
Le dieron un ultimátum, terminar la relación o ser expulsada de la familia para siempre. Eligió el amor. Isabela completó la frase recordando las pocas veces que su madre había hablado del pasado. Eligió a mi padre. Así es. Yoshiko tomó las manos de Isabela entre las suyas. Quiromi dejó todo lo que conocía por amor. Se fue con tu padre a su país, sin dinero, sin apoyo familiar, sin nada más que la esperanza de construir una vida juntos. Y yo yo perdí a mi mejor amiga.
Lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de la anciana. Durante años intenté encontrarla. Le escribí cartas que nunca fueron respondidas. Contraté investigadores cuando tuve los recursos para hacerlo, pero Jiromi había desaparecido completamente. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Mi madre nunca habló de su pasado en Japón. Isabela sentía un nudo formándose en su garganta. Siempre decía que había dejado esa vida atrás, que su único hogar éramos nosotros. Iromi, ¿tu? Yiko. Preguntó con esperanza frágil en la voz.
El silencio de Isabela fue más elocuente que cualquier palabra. Sus ojos se llenaron de lágrimas que había aprendido a contener durante años. Mi madre falleció hace tiempo. Las palabras salieron quebradas, su corazón. Los médicos dijeron que había sido debilitado por años de trabajo excesivo y preocupaciones. Nunca tuvimos mucho dinero. Ella trabajaba día y noche para que yo pudiera estudiar, para darme oportunidades que ella nunca tuvo. Yoshiko cerró los ojos y las lágrimas corrieron libremente por su rostro arrugado.
Kenji se acercó para sostener a su madre mientras Camila cubría su boca con la mano conmovida por la escena. Llegué tarde. Yoshiko susurró. Después de tantos años buscándola, finalmente encontré su rastro hace meses. Descubrí que había tenido una hija que vivía en esta ciudad. Vine específicamente para encontrarte, Isabela, para cumplir una promesa que le hice a Jiromi cuando éramos jóvenes. ¿Qué promesa? Prometimos que si alguna vez una de nosotras tenía problemas, la otra estaría ahí. Sin importar el tiempo, sin importar la distancia, prometimos que cuidaríamos de nuestras familias como si fueran propias.
Yoshiko buscó algo en su bolso y sacó una fotografía antigua, desgastada por el tiempo. En ella, dos jóvenes japonesas sonreían a la cámara, sus brazos entrelazados, la alegría de la juventud brillando en sus rostros. Esta foto la tomamos el día que hicimos esa promesa. Yoshiko entregó la fotografía a Isabela. Tu madre la tenía idéntica. ¿Alguna vez la viste? Isabela asintió lentamente. Está en la caja de recuerdos de mi madre. Siempre me pregunté quién era la otra joven en la foto.
Ella nunca me lo dijo. Porque le dolía demasiado recordar. Yoshiko explicó. Jiromi sacrificó todo por amor y cuando digo todo, me refiero a todo. Su familia la desheredó completamente. Nunca volvió a saber de ellos. Pero había algo más, algo que ella probablemente nunca te contó. El corazón de Isabela se detuvo. ¿Qué cosa? Antes de que Yoshiko pudiera responder, la puerta del salón privado se abrió bruscamente. Lorenzo Figueroa entró con expresión de pánico controlado. Disculpen la interrupción. Su voz temblaba ligeramente.
Señora Tanaka, hay un problema. El señor Salazar está causando una escena en el restaurante. Está exigiendo que Isabela sea despedida inmediatamente o amenaza con destruir la reputación de la fontana. El cambio en el ambiente fue instantáneo. La intimidad del momento familiar se evaporó, reemplazada por la dura realidad del mundo exterior. Kenji se puso de pie, su expresión endureciéndose. ¿Quién es ese señor Salazar? Es uno de nuestros clientes más importantes. Lorenzo se retorcía las manos nerviosamente. Dueño de la cadena hotelera del Pacífico.
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