Hay algo más que necesitas saber, mi amor. Antes de morir, mi abuelo dejó un testamento secreto. En él me heredaba una parte significativa de la fortuna familiar. Pero mi familia, furiosa por mi embarazo y mi huida, escondió ese testamento. Robaron lo que me pertenecía. No te cuento esto para que busques venganza. Te lo cuento porque es tu derecho saber la verdad y porque si algún día alguien viene a buscarte, alguien que conoce esta historia, necesitas estar preparada.
Yoshiko, mi mejor amiga, es la única persona que sabe toda la verdad. Si ella te encuentra, confía en ella. Ella prometió cuidarte. si algo me pasaba y Yoshiko siempre cumple sus promesas. Mi pequeña Isabela, sé que esta carta te causará dolor, pero también espero que te dé libertad. La libertad de conocer tu verdadera historia, la libertad de reclamar lo que te pertenece y la libertad de vivir sin los secretos que yo tuve que cargar. No importa quién sea tu padre biológico, no importa de dónde vengas, lo que importa es quién eliges ser.
Y yo sé, mi amor, que elegirás ser extraordinaria, porque eso es lo que siempre ha sido. Te amo más de lo que las palabras pueden expresar en cualquier idioma. Tu madre, Jiromi. Isabela terminó de leer y las lágrimas caían sin control sobre el papel manchando la tinta antigua. Se abrazó a sí misma, meciéndose suavemente, sollyosando con un dolor que parecía venir desde lo más profundo de su ser. Todo era diferente. Ahora todo había cambiado. Pero en medio del dolor, algo más comenzaba a nacer, una determinación feroz, una necesidad de conocer más, de encontrar respuestas.
¿Quién era Takeshi Yamamoto? ¿Seguía vivo? ¿Sabía de su existencia? ¿Y la familia de su madre? Los que habían robado su herencia, ¿qué habían hecho con lo que legítimamente le pertenecía? Isabela miró nuevamente la fotografía de los tres jóvenes, su madre, Yoshiko y Takeshi, tres personas unidas por secretos que habían atravesado décadas y ahora esos secretos estaban en sus manos. El teléfono de Isabela sonó sobresaltándola. Era un número desconocido. Dudó por un momento, pero algo la impulsó a contestar.
Isabela Montoya. Una voz masculina habló al otro lado. ¿Quién habla? Mi nombre es Héctor Paredes. Soy periodista. Estuve en la fontana esta noche y presencié todo lo que sucedió. Tengo algunas preguntas sobre usted y sobre la familia Tanaca. Isabel sintió un escalofrío. No tengo nada que decir, señorita Montoya. Creo que sí tiene mucho que decir, porque lo que pasó esta noche fue solo la punta del iceberg. Y usted está en el centro de una historia mucho más grande de lo que imagina.
Isabela apretó el teléfono contra su oído, su corazón latiendo con fuerza mientras las palabras del periodista resonaban en su mente. ¿Qué quiere decir con una historia más grande?, preguntó. Su voz apenas un susurro. Héctor Paredes hizo una pausa antes de responder. Señorita Montoya, lo que presencié esta noche en la fontana no fue solo un empresario arrogante humillando a una anciana. fue algo mucho más calculado y cuando comencé a investigar descubrí conexiones que me dejaron helado. No entiendo de qué está hablando.
Rodolfo Salazar no estaba en la fontana por casualidad esta noche. Sabía que la señora Tanaca vendría. Sabía exactamente cuándo llegaría. Y creo que todo lo que pasó, la humillación pública, el escándalo, fue planeado. Isabela asintió un escalofrío recorrer su espalda. planeado. ¿Por qué alguien planearía algo así? Eso es lo que necesito averiguar. Y creo que usted tiene piezas del rompecabezas que yo no tengo. Héctor pausó. ¿Podemos reunirnos mañana? Hay cosas que prefiero no discutir por teléfono. Isabela miró la carta de su madre todavía en su mano, las revelaciones frescas en su mente.
Todo estaba conectado de alguna manera podía sentirlo. “Mañana tengo un compromiso importante por la mañana”, respondió pensando en la visita de Yoshiko. “Pero puedo verlo por la tarde. ¿Conoce la cafetería El encuentro cerca del parque central?” La conozco a las 4 de la tarde. Entonces, después de colgar, Isabela permaneció sentada en su cama durante largo rato, rodeada de los recuerdos de su madre. La fotografía de Takeshi Yamamoto la miraba desde el suelo donde había caído. Ese rostro joven, esos ojos que ahora reconocía como similares a los suyos.
Su padre, su verdadero padre. ¿Dónde estaría ahora? ¿Seguiría vivo? ¿Habría pensado alguna vez en la hija que nunca conoció? El sueño tardó en llegar esa noche y cuando finalmente lo hizo, estuvo plagado de rostros desconocidos y voces en japonés que no alcanzaba a comprender. Al día siguiente, Isabela se despertó con el sonido del timbre. Se levantó sobresaltada, mirando el reloj. Era media mañana. Se había quedado dormida. Corrió hacia la puerta alisándose el cabello con los dedos. Al abrir, encontró a Yoshiko de pie en el pasillo, acompañada por Akemi.
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