Tomé mi bolso, me despedí de sus amigos y salí.
No me siguió.
No llamó.
Ni siquiera se dio cuenta de que me había ido.
Fue entonces cuando algo dentro de mí se calmó.
No se rompió.
No estaba enfadada.
Simplemente… lúcida.
Conduje a casa bajo la fría lluvia, agarrando el volante con fuerza.
Cuando aparqué, ya no lloraba.
Estaba pensando.
Planeando.
A medianoche, me encontraba en el salón, rodeada de cajas.
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