Valentina miró el sobre, luego miró a su madre. ¿Puedo abrirlo? Todavía no, dijo Remedios. Mamá, todavía no, Valentina. Su voz era firme, pero no dura. Era la voz de alguien que sabe exactamente lo que hace. Hay algo que necesito hacer primero, algo que debía haber hecho hace mucho tiempo y que no hice por miedo. Esta vez no voy a tener miedo. Valentina quiso preguntar, abrió la boca y la volvió a cerrar. Porque algo en la expresión de su madre, en esa calma que no era resignación, sino decisión pura, le decía que esta vez no había espacio para las preguntas, solo para esperar y confiar.
Esa noche, mientras Valentina dormía y la casa quedaba en un silencio profundo interrumpido solo por la lluvia, Remedios permaneció sentada en la sala con la luz de la lámpara encendida y el sobre frente a ella. No lo abrió. sacó del bolso una libreta pequeña de tapas gastadas y bordes doblados por el uso que nadie había visto nunca. Tomó un bolígrafo y comenzó a escribir no con prisa, con la lentitud de alguien que finalmente después de décadas de silencio, se permite decir la verdad, toda la verdad, sin omisiones, sin protecciones, sin el miedo de siempre.
La lluvia seguía cayendo afuera y en algún lugar de la ciudad, en una habitación de hotel que todavía olía a rosas blancas y a algo que ya no tenía nombre posible, Ernesto seguía sentado en la oscuridad, inmóvil, con el peso de seis palabras que no podía deshacer, aunque lo intentara durante el resto de su vida. Nunca te amé en 50 años. Las había dicho para liberarse y no entendía todavía por qué, en lugar de sentirse libre, se sentía más atrapado que nunca.
Como si esas palabras, en lugar de abrir una puerta hubieran abierto un abismo del que no sabía cómo salir. Lo que Ernesto no sabía esa noche, lo que no podía imaginar mientras miraba el techo de esa habitación vacía, era que Remedios estaba escribiendo y que lo que escribía iba a cambiar todo. remedios. No durmió esa noche, no porque el dolor no la dejara, sino porque había algo dentro de ella que se había despertado después de mucho tiempo dormido.
Algo que se parecía extrañamente a la claridad, como cuando amanece después de una tormenta y el aire huele distinto, más limpio, más honesto. Esa sensación rara e inesperada de que lo peor ya había pasado, aunque las consecuencias todavía estuvieran por llegar. Se quedó sentada en el sillón de la sala de Valentina hasta que la lluvia paró. Escribió en la libreta durante horas, no con rabia, con una calma que ella misma no terminaba de entender, pero que aceptaba como se aceptan las cosas que llegan cuando más se necesitan y menos se esperan.
Cuando terminó de escribir, cerró la libreta. la sostuvo entre las manos un momento, como si midiera el peso de todo lo que acababa de depositar ahí dentro. Luego la guardó en su bolso junto al sobre que seguía cerrado y se quedó mirando la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a cambiar de color. Era el amanecer. y Remedio supo, con una certeza que no venía de la razón, sino de algún lugar más profundo, que ese día iba a ser diferente a todos los anteriores.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
