Una investigación posterior llevó a la policía hasta un mecánico de dudosa reputación, Carlos Medina, quien confesó que Cynthia le había pagado para sabotear los frenos de Lewis. Emitieron una orden de arresto contra ella, pero seguía desaparecida.
Mientras tanto, Héctor asombró a los médicos. A pesar de casi ahogarse y sufrir hipotermia severa, se recuperó rápidamente. Le retiraron los tubos uno por uno y su respiración y alimentación se normalizaron. Betty pasó todos los días a su lado, aprendiendo sus ritmos y maravillándose de su resistencia.
Seis semanas después de que Betty sacara la maleta del lago, tuvo lugar la audiencia de custodia. El juez revisó la pila de informes: el historial impecable de Betty, su salud, las exhaustivas mejoras de seguridad que había instalado en su hogar y las excelentes referencias del padre Anthony, Eloise y los vecinos. Reconociendo las circunstancias excepcionales, el juez le otorgó a Betty la custodia temporal de Héctor por seis meses, sujeta a visitas periódicas con los servicios sociales.
Poco después, Héctor recibió el alta. Betty lo llevó a casa en una silla de auto nueva, conduciendo con extrema precaución, respetando el límite de velocidad. Había transformado la antigua habitación de Lewis: la pintó de un amarillo suave, instaló una cuna y un cambiador, y colgó un móvil que reproducía dulces nanas. Fue agridulce desmantelar el refugio adolescente de Lewis, pero sabía que su hijo habría querido que su pequeño tuviera un espacio seguro y alegre.
Los primeros meses cuidando a Héctor fueron agotadores. Las tomas nocturnas la dejaban exhausta; su corazón, aún en proceso de sanación, seguía sufriendo por la pérdida de Lewis. Pero las pequeñas sonrisas de Héctor, su manita aferrándose a su dedo y cómo sus llantos se apagaban cuando lo abrazaba hacían que cada noche de insomnio valiera la pena. Eloise la visitaba a menudo, enseñándole consejos prácticos y asegurándole que lo estaba haciendo mucho mejor que la mayoría de los padres primerizos.
Aun así, el miedo persistía: Cynthia andaba por ahí, en algún lugar. Betty instaló cerraduras nuevas, cámaras de seguridad y un sistema de alarma. Cada coche que reducía la velocidad cerca de la casa la ponía nerviosa. Por la noche, revisaba con atención ventanas y puertas antes de regresar sigilosamente a la cuna de Héctor.
Una tarde, mientras revisaba cajas con las pertenencias de Lewis, Betty descubrió un diario escondido. Las últimas entradas narraban su relación con Cynthia: su enamoramiento, su inquietud por su secretismo, su preocupación por sus gastos extravagantes y su creciente temor al enterarse de que estaba embarazada. Escribió sobre cambiar su testamento, sobre no confiarle el dinero y sobre su determinación de proteger a su hijo a toda costa. La última entrada, escrita el día de su muerte, decía que planeaba hablar con Betty para pedirle ayuda. Nunca tuvo esa oportunidad.
Betty le entregó el diario a Fátima, quien lo añadió al creciente expediente del caso de Cynthia. Las pruebas de móvil y premeditación eran irrefutables. Ahora solo necesitaban a la propia Cynthia.
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