La habían visto cancelar planes, acortar conversaciones y dar respuestas cortas y cautelosas cuando le preguntaban cómo iban las cosas en casa.
Habían sido pacientes con todo eso.
Y ahora sacaron la silla que tenían al lado, le dieron un vaso y no le preguntaron absolutamente nada sobre él, lo cual, se dio cuenta, era precisamente...
Era justo lo que necesitaba.
Hablaron de todo lo demás.
Se rieron como ella había olvidado que podía reír: sin mirar el reloj, sin estar pendiente del teléfono, sin el zumbido constante de la oficina que se había convertido en la frecuencia de fondo de su vida diaria.
En algún momento de la noche, recibió un mensaje suyo.
Lo miró, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y retomó la conversación.
Aún no estaba lista para volver.
¿Qué la esperaba en casa?
Dos horas después, entró por la puerta de su casa.
Él estaba sentado en el sofá del salón.
Su postura era diferente a la del hombre seguro de sí mismo que se había marchado esa mañana con el cuello de la camisa impecable y sus planes en pie.
Parecía alguien que había llegado a algún sitio y se había encontrado con la versión de sí mismo que esperaba ver reflejada allí, y no le había gustado lo que vio.
Dejó su bolso en la silla junto a la puerta.
—¿Te lo pasaste bien? —preguntó con voz inexpresiva. —Muchísimo —dijo ella.
Él miró su teléfono un instante. Luego la miró a ella.
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