“¿Podrías volver mañana?”.
Volví.
Y al día siguiente también.
Su salud empezó a empeorar rápidamente.
Apenas podía levantarse sola.
Respiraba con dificultad, con pequeños esfuerzos.
Una mañana, el médico de la clínica comunitaria me apartó y me dijo sin rodeos:
“Está muy débil. No creo que le quede mucho tiempo”.
Esa tarde, al salir de la clínica, la ayudé a subir lentamente a un taxi. Doña Carmen permaneció en silencio, mirando por la ventana como si viera una ciudad que ya no le pertenecía.
Antes de salir frente a su casa, dijo:
“Diego… cuando muera, no dejes que tiren mis cosas sin revisar el armario”.
Sentí un golpe en el pecho.
“No digas eso”.
“Prométemelo”.
Esa palabra otra vez.
Y otra vez, asentí.
Las últimas dos semanas fueron muy duras.
Apenas podía comer.
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