Pasé una semana en una aventura apasionada con un hombre más joven al que apenas conocía, convencida de que no era más que un fugaz romance de vacaciones.
Pero al volver a casa, me llevé una sorpresa que jamás imaginé.
A principios de septiembre, mi hermana y yo nos escapamos a la playa. La temporada alta estaba terminando, las playas estaban más tranquilas y todo parecía tranquilo y apacible. En nuestra primera noche, nos instalamos en un pequeño café con vistas al mar. Al ponerse el sol en el horizonte, sentí una extraña sensación de calma.
Fue entonces cuando se acercó. Me preguntó si el asiento de al lado estaba libre, sonriendo como si ya nos conociéramos. Era claramente más joven, pero no había despreocupación ni burla en sus ojos. Me miró con atención y sinceridad, como si fuera la única mujer allí.
Empezamos a hablar: del océano, de la vida, de todo y de nada. Fui sincera desde el principio. Le dije mi edad. Le dije que estaba casada. Le dejé claro que no buscaba promesas. Simplemente asintió y dijo que no quería nada más allá de esos pocos días. Nada de expectativas. Nada de planes de futuro.
Y así empezó.
Con él, no me sentía como la esposa agotada que se había acostumbrado al silencio y a las concesiones. Me sentía viva. Hermosa. Deseada. Me tomó la mano con ternura, me miró como si estuviera radiante. Paseábamos por la playa de noche, nadábamos bajo la luz de la luna, nos reíamos de nada. A veces simplemente nos sentábamos en silencio, viendo las olas romper.
La semana pasó más rápido de lo que esperaba. Cuando llegó el momento de irnos, no intercambiamos números ni hicimos votos. Creí que se quedaría allí: un breve capítulo junto al mar, algo que guardaría en la memoria y dejaría atrás en silencio.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
