…pero Rhea no respondió de inmediato.

Antes de que pudiera responder, el altavoz interno llamó al capitán de vuelta a cabina. Él se disculpó con una inclinación de cabeza breve y se marchó.

Rhea se quedó mirando el respaldo del asiento delantero.

No le gustaban las coincidencias cuando involucraban nombres que el mundo civil no tenía por qué reconocer. Mucho menos en su nueva vida, ese territorio frágil donde intentaba ser solo una exoficial lesionada, una mujer que iba a revisiones médicas, una veterana entre miles. No un eco operativo.

El aterrizaje fue suave. En cuanto el avión tocó pista, varios pasajeros soltaron esa respiración colectiva que siempre parece reanimar a la cabina. Los teléfonos se encendieron, las pantallas bajaron, la gente empezó a impacientarse por levantarse antes de tiempo aunque nadie pudiera salir aún.

Rhea esperó sentada.

Siempre esperaba.

Le resultaba imposible olvidar que la prisa civil en espacios cerrados no deja de parecerle una forma infantil de pánico.

La mujer de 3B recogió su bolso y, antes de irse, se detuvo lo suficiente para decir sin dramatismo:

—Lamento lo que hice.

Rhea la miró.

No había mucho que añadir.

—Procure no repetirlo con la próxima persona que “no parezca” pertenecer a algún lugar.

La mujer asintió y se fue.

Pasajeros, maletas, ruedas, perfumes, llamadas. El avión se vació poco a poco hasta quedar casi silencioso. Rhea se puso de pie con cuidado. La punzada habitual le bajó por la espalda hasta la cadera derecha, recordándole que aunque el uniforme se retirara o no, el cuerpo sí llevaba cuenta exacta.

Al llegar a la puerta de cabina, Markell ya la esperaba.

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