…pero Rhea no respondió de inmediato.

…pero Rhea no respondió de inmediato.

No porque no hubiera escuchado la pregunta. La escuchó perfectamente. La sintió incluso como una vibración tensa en el aire angosto de la cabina. Simplemente llevaba demasiados años sobreviviendo en espacios donde responder demasiado rápido podía costarte algo. Observó al capitán Jonathan Markell con la misma calma con la que antes había observado casas sospechosas en mitad de la noche, hombres con sonrisas equivocadas o puertas que parecían inofensivas hasta que alguien ponía la mano sobre el picaporte.

—No importa —dijo al fin, ajustándose la camisa sobre el tatuaje—. Ya me moví.

Pero sí importaba.

Y él lo sabía.

El piloto no apartó la mirada. Era un hombre de unos cincuenta años, cabello entrecano, espalda recta, mandíbula tensa y ese tipo de ojos que delatan a alguien acostumbrado a decidir rápido bajo presión. No era militar, no exactamente, pero había en su forma de quedarse quieto una disciplina reconocible. Y, sobre todo, había reconocimiento.


No al tatuaje únicamente.

A lo que significaba.

A los años invisibles detrás de él.

—¿Quién la movió? —repitió, esta vez más bajo, pero con una firmeza que obligó al auxiliar de vuelo a tragarse en seco.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.