—Mejor —dijo Camila—. Así no tenemos que quedarnos mucho.
Se quedaron cinco minutos. Dejaron una nota en el buró. “Mamá, vinimos. Que te mejores. Mañana hablamos.”
En cuanto se fueron, rompí la nota en pedacitos y lloré sin hacer ruido.
Pero esas lágrimas ya no eran blandas.
No eran las lágrimas de una mujer herida que quiere consuelo.
Eran las lágrimas de una mujer que por fin ha entendido al enemigo.
Esa noche, en la cama del hospital, no dormí. Hice cuentas. Recordé fechas. Pensé en el valor de la casa. Pensé en el dinero que yo todavía tenía guardado. Pensé en mis amigas de juventud, en Socorro, en Veracruz, en el mar que no veía desde hacía cuarenta años. Pensé, sobre todo, en algo que me dio vergüenza aceptar: si no hacía algo en ese momento, me iban a despojar por completo. Mi cuerpo ya no me permitiría servirles mucho tiempo. Y cuando dejara de ser útil, me borrarían.
Comprendí que la docilidad también puede ser suicidio.
Así que tomé una decisión.
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