Marqué el primero.
—¿Patricia Méndez? —pregunté.
—Sí, a sus órdenes.
—Mi nombre es Guadalupe Hernández. Necesito vender una casa. Rápido.
Hubo una pausa breve, de esas en que el otro calcula si estás desesperada o decidida.
—¿Qué tan rápido?
—En menos de una semana.
Patricia llegó esa misma tarde. Era una mujer de cabello lacio, carpeta en mano, ojos rápidos. Recorrió la casa con profesionalismo: midió, preguntó, tomó fotos, revisó escrituras. Yo la seguía despacio, viendo cada habitación como quien asiste a un velorio íntimo.
—La propiedad está muy bien ubicada —dijo—. Si le urge, podríamos moverla en dos millones cien mil.
La cifra me dejó sin aire. Mucho más de lo que había pagado.
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