—Póngala a la venta —respondí.
—¿Está segura, señora Hernández? Es una decisión fuerte.
La miré.
—Más segura que nunca.
Al día siguiente fui a ver al abogado, el licenciado Delgado. Le conté lo esencial, no todo. No quise decir “mi hijo quiere encerrarme y vender mi casa”, aunque eso era exactamente la verdad. Él revisó los papeles, confirmó lo que yo ya sabía: la propiedad estaba limpia, solo a mi nombre, sin gravámenes, sin copropietarios, sin trampas. Yo podía vender cuando quisiera. Los ocupantes actuales, al no tener contrato ni titularidad, debían desalojar cuando el nuevo propietario lo exigiera.
—Legalmente se les da cierto tiempo —me explicó—. Pero usted puede negociar plazos más cortos si el comprador acepta.
—Una semana —dije.
Me miró por encima de los lentes.
—Es severo.
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