—No tanto como lo que pensaban hacerme.
No preguntó más. Hay hombres que saben reconocer un incendio aunque una no les muestre todas las llamas.
Ese mismo día llamé a Socorro, mi amiga de infancia, la única persona frente a quien podía volver a ser la Guadalupe de antes, la muchacha que se reía a carcajadas y soñaba con ver el mar para siempre.
—¿Lupe? —dijo al escucharme—. Virgen santísima, pensé que ya no me ibas a llamar nunca.
Terminé llorando. Le conté todo. No con drama, sino con esa precisión helada con que una habla cuando ya dolió demasiado.
—Quiero irme a Veracruz —le dije—. Quiero un lugar pequeño. Tranquilo. Cerca del mar si se puede.
Socorro no dudó.
—Déjamelo a mí.
Al día siguiente me devolvió la llamada. Había encontrado un apartamento en una residencia limpia, tranquila, con vista al mar. Modesto, pero bonito. Había que apartarlo con dos meses adelantados.
—Hazlo —le dije.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
