Lloré esa noche, claro que sí. Grité enterrando la cara en la almohada para que Juan no me oyera. Pero al día siguiente me levanté porque había que hacerlo. Nadie vino a salvarnos. La dueña de la casa me dio dos semanas para pagar la renta atrasada. Mi suegra dijo que rezaría por nosotros. Una vecina me llevó caldo. Otra me dejó frijoles. La solidaridad dura poco cuando la pobreza es larga.
Yo no tenía estudios. No tenía oficio formal. No tenía coche. No tenía esposo. Tenía un comal, dos manos y un niño que me miraba esperando respuestas.
Empecé vendiendo tacos de guisado en una esquina cerca del mercado. Los primeros días fueron una vergüenza que me quemaba la cara. Yo, Guadalupe Hernández Rivera, hija de una mujer orgullosa, parada desde antes del amanecer frente a una mesa de plástico, gritando ofertas a desconocidos. Pero el hambre le gana a la pena. Cocinaba chicharrón en salsa verde, huevo con papas, deshebrada, frijoles refritos y, cuando había suerte, carnita en chile rojo. A las cuatro de la mañana ya estaba de pie. A las cinco tenía prendido el anafre. A las seis llegaban los primeros obreros.
Vendía poco. Luego más. Luego suficiente.
Así pasaron los años.
Vi crecer a Juan entre el humo del comal. Hizo la tarea sentado en una cubeta invertida detrás del puesto. Se dormía a veces con el uniforme puesto mientras yo seguía lavando ollas. Aprendió temprano a no pedir de más. Si un niño maduraba demasiado rápido era porque la necesidad le había dado un golpe en la boca.
Yo ahorraba monedas en una lata de galletas. Luego billetes doblados bajo un falso fondo del ropero. Nadie sabía cuánto guardaba, porque cuando una mujer pobre dice que tiene un poco, enseguida aparecen manos ajenas con mejores planes para ese dinero. Guardé peso por peso. A veces me enfermaba y aun así iba a vender. A veces me sangraban los pies. A veces la lluvia me arruinaba el día. A veces llegaba a casa oliendo a cebolla rancia y aceite quemado, y me daba tanta vergüenza que esperaba a que Juan se durmiera para bañarme, como si quisiera esconder incluso mi cansancio.
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