Ella se rió. —Qué gracioso que digas eso. Tienes mi edad, podría ser algo más. Él no respondió, pero los días pasaron y María se atrevió a ir más allá. Entró en su habitación sin llamar.
Se inclinó demasiado. Le susurró palabras ambiguas. Raúl la rechazó una y otra vez. Se mantuvo firme. —No te amo, María. Estoy con tu madre, eso es todo. Pero a ella no le importó. —Cambiarás de opinión, ya verás.
Un día, mientras cenaban juntos, ella volvió a empezar. Esta vez lo acarició con el pie debajo de la mesa, delante de Raquel. Raúl se sintió muy incómodo. No sabía qué hacer. Se levantó de la mesa.
—¿Todo bien? —le preguntó Raquel.
—Sí, solo un poco de molestia. Me voy a la cama.
Pero en realidad estaba a punto de explotar. No sabía si hablar o callar. ¿Le creería Raquel? ¿Pensaría que mentía para ocultar algo? Otra noche, la situación llegó a un punto crítico. Raúl estaba en el pasillo y oyó la ducha. María salió con una toalla mal atada. Fingió tropezar, cayó en sus brazos y lo besó. Raúl la apartó bruscamente. «Estás loca». Pero ella empezó a gritar: «¡Mamá! ¡Ayuda!». Raquel entró corriendo en la habitación.
Vio a María medio desnuda y llorando en el suelo. Lo intentó, lo intentó, María gritó. Raquel gritó. Raúl levantó las manos.
«No es lo que piensas. Lleva días acosándome. Me ha tendido una trampa». Pero Raquel no quería oír nada. «Sal de mi casa ahora mismo». Raúl intentó acercarse a ella, pero ella lo apartó.
Se marchó llorando, humillado, destrozado. No durmió esa noche. No comió durante tres días. En la casa grande y vacía, Raquel lloraba. Algo no andaba bien.
Recordaba todos los extraños comportamientos de su hija.
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