—No te preocupes, hija —le dijo—. Lo cuidaré como si fuera mío.
El camino hacia los Molinos serpenteaba entre olivos brillantes de rocío. El aire olía a piedra mojada. Al llegar, Rosa encontró una casa abandonada, pintura descascarada, ventanas rotas. Empujó la puerta: chirrió como un lamento. Dentro, el polvo cubría todo. Sobre una mesa vieja había una foto enmarcada boca abajo. La levantó… y sintió que el pecho se le partía: Alma abrazaba a un niño pequeño. Detrás, una fecha: Ronda, 2018.
—Alma… si estás ahí arriba, ayúdame a entender —susurró.
La puerta se cerró de golpe. Rosa se giró. El hombre de la gorra estaba apoyado en el marco con una sonrisa torcida.
—Sabía que acabarías viniendo.
Rosa retrocedió, aferrando la foto.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres?
—Recuperar lo que es mío. Ese niño no te pertenece.
Rosa sintió que el miedo le quemaba la garganta, pero no lo dejó salir como súplica.
—Tomás no es una cosa… no es una deuda. Es una vida.
El hombre soltó una risa áspera.
—Las vidas siempre tienen precio.
Rosa lo reconoció por fin: Ramón Beltrán, el nombre que flotaba en rumores y se decía en voz baja. Un traficante que nadie quería mirar de frente. Cuando él intentó sujetarla del brazo, Rosa le clavó las uñas, lo empujó con todas sus fuerzas y corrió hacia la puerta. El marco se rompió, y del interior cayó un papel doblado. Una carta.
Rosa la atrapó sin pensar y escapó bajo la lluvia, corriendo hasta la iglesia como quien corre hacia un refugio de luz. El padre Miguel la vio entrar empapada, con el rostro desencajado.
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