Luego tomó una linterna, una cuerda y un pequeño pico oxidado que no usaba desde que Luz había muerto. cerró la puerta con llave, miró al cielo y murmuró con voz quebrada que si estaba equivocado lo lamentaba, pero que si no lo estaba, alguien debía hacer algo porque nadie merece morir en silencio.
Comenzó a acabar en la parte trasera de su jardín, justo donde creía que el terreno colindaba directamente con el sótano de la casa de Verónica. Al principio la Tierra estaba compacta y húmeda por las lluvias recientes, pero Aurelio tenía manos fuertes curtidas por años de trabajo físico.
Y aunque la espalda le dolía y el sudor le empapaba la camisa, no se detuvo. Cababa en silencio, sin prisa, pero sin pausa, como si cada palada fuera una oración, una promesa de rescate.
Pasaron horas, el sol comenzó a subir y el calor del día se hizo insoportable, pero él siguió movido por algo más fuerte que la razón, la certeza de que Estela estaba ahí viva esperando.
A medida que el túnel se profundizaba, su corazón latía más rápido. Había colocado la linterna en el suelo, iluminando el camino angosto que se abría paso hacia lo desconocido. Sus manos estaban llenas de tierra.
Las uñas rotas y la respiración le dolía en el pecho, pero no podía detenerse. A media tarde, cuando ya había acabado casi 2 met de largo, el pico chocó contra algo duro.
Se detuvo de inmediato, se agachó y comenzó a limpiar con las manos la zona donde el sonido había cambiado. Era concreto, una pared. Había llegado. Sabía que ese era el lugar.
Con el corazón acelerado, apoyó una mano temblorosa sobre la superficie de la pared y sintió una vibración leve, como un temblor sutil que venía del otro lado. Se quedó inmóvil sin respirar con el oído pegado al muro.
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