La sala del tribunal estaba sumida en un silencio denso y expectante, como si las paredes mismas esperaran a que se repitiera una tragedia ya conocida. Todos los presentes parecían anticipar la misma escena rutinaria: una mujer entrando derrotada, aplastada por el peso de un mundo que había decidido su destino mucho antes de que ocupara su asiento.
A las nueve y media, la galería estaba repleta de silenciosos observadores de la ruina pública, mientras un empleado con expresión cansada movía expedientes entre pilas desorganizadas. Dos estudiantes de derecho, al fondo, susurraban sobre un bloc de notas, con el rostro iluminado por la vana ilusión de quienes jamás habían sentido el dolor de una consecuencia real.
Una mujer con un blazer almidonado permanecía sentada con los brazos cruzados, escudriñando la sala con la mirada penetrante y crítica de quien disfrutaba del sufrimiento ajeno. Cerca de la primera fila, dos reporteros esperaban con indiferencia ensayada, con los teléfonos en alto y los bolígrafos guardados, preparándose para documentar un escándalo que la ciudad devoraría con la misma facilidad con la que desayunaba.
En la mesa de la derecha se sentaba Dominic Thorne, con un aspecto impecable y sumamente caro, vestido con un traje gris oscuro que irradiaba la seguridad de un hombre que confundía la buena fortuna con la brillantez personal. Estiró un brazo sobre el respaldo de la silla y golpeó una gruesa carpeta que su equipo legal había preparado meticulosamente, con una expresión más irritada por un conflicto de agenda que de alguien en crisis.
A su lado, aunque ligeramente apartada para mantener una fina capa de respetabilidad, se sentaba Gianna Rossi. Había cuidado meticulosamente su apariencia para el día, con un traje de seda color crema y delicadas joyas de oro que sugerían riqueza en lugar de ostentarla.
El peinado de Gianna parecía natural a pesar de requerir horas de preparación, y su bolso de diseñador permanecía erguido a sus pies como un guardián silencioso. Parecía estar esperando el comienzo de una gala, más que una audiencia de divorcio que probablemente terminaría con ella convirtiéndose en la próxima Sra. Thorne a finales de año.
El abogado principal de Dominic, Harrison Baxter, era un hombre que irradiaba una calma profesional imperturbable, con su corbata plateada perfectamente anudada y sus documentos organizados con impecables separadores de colores. Había repasado su declaración inicial hasta que le pareció una verdad ineludible, convencido de que un acuerdo prenupcial firmado y un marido con vastos recursos le asegurarían una mañana muy corta.
Harrison veía a la esposa como un mero obstáculo, una mujer sin red de apoyo familiar y con un pasado turbio que había permitido que la sociedad la definiera a través de años de silencio. Había forjado una lucrativa carrera desmantelando a personas como ella, y no veía razón alguna para que hoy fuera diferente.
A las nueve y media y siete, el juez entró en la sala y la asamblea se puso de pie al unísono. El juez Lawrence Whitfield no era un hombre dado a las emociones, pues había pasado décadas viendo cómo la gente ocultaba su mezquindad tras jerga legal y lágrimas fingidas.
Tomó asiento y se ajustó las gafas, repasando el expediente con una expresión que sugería que era completamente inmune al prestigio de las personas que tenía ante sí. Cuando llamó al caso Thorne contra Sinclair, la tensión en la sala se intensificó, volviéndose intensa y concentrada.
“Su Señoría, estamos preparados para seguir adelante”, dijo Harrison Baxter con voz firme mientras permanecía de pie junto a su mesa. El juez Whitfield miró hacia el lado vacío de la demandante y frunció el ceño, pidiendo la presencia del abogado de la Sra. Sinclair.
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