Entonces… se detuvo.
El silencio en la sala cambió, convirtiéndose en algo casi tangible.
Julian se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Qué es? Solo papeleo.
El juez levantó la vista, y un destello inesperado apareció en su expresión.
—Señor Reeves… ¿sabe a nombre de quién están los documentos originales de registro de su empresa?
Julian soltó una breve risa.
—A mi nombre, obviamente.
La mujer negó con la cabeza levemente.
—No.
Todas las cabezas en la sala se volvieron hacia ella.
—Usted presentó la idea —continuó—, pero yo construí el sistema.
Julian resopló.
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