Entonces, de repente, se detuvo y miró a su alrededor.
«Oh», dijo con naturalidad, «nos habíamos olvidado de ti».
Se hizo un silencio incómodo en la habitación. Fue ese tipo de pausa que se produce cuando la gente siente vergüenza, pero nadie quiere evitarlo. Mi padre se recostó tranquilamente, como si observara un pequeño experimento. Melissa ocultó una sonrisa tras su copa de vino, y Tyler sonrió como si todo fuera una broma inofensiva.
Sentí que se me subía el calor a la cara, junto con el viejo instinto de restarle importancia y evitar incomodar a nadie.
Mi madre ladeó la cabeza y añadió con suavidad: «No vas a llorar, ¿verdad? Es solo un regalo».
En familias como la mía nunca temíamos las lágrimas porque nos importaban los sentimientos. Las acogíamos con agrado porque reforzaban la jerarquía familiar.
Dejé con cuidado mi taza sobre la mesa de centro y me levanté con una sonrisa tranquila.
«No pasa nada», dije en voz baja. «En realidad… me compré algo».
Melissa arqueó las cejas. La sonrisa de Tyler se desvaneció. Mi padre se inclinó hacia adelante con curiosidad, claramente sin esperar esa respuesta.
Me dirigí al armario del pasillo y, tras una hilera de abrigos, saqué una pequeña caja negra que había escondido esa misma tarde. No estaba envuelta, porque no hacía falta.
Al regresar al salón, coloqué la caja sobre la mesa de centro, frente al árbol de Navidad. El logo de la tapa reflejaba la luz del fuego y creaba un suave reflejo en la habitación.
La risa de mi madre cesó.
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