«Porque estaba dormida», dijo. «El cinturón se atascó de forma diferente».
Me mostró una última carta, escrita por la esposa de Reynolds tras su muerte. Una confesión. Una disculpa. Una explicación.
Esa noche, Emily y yo encendimos velas y hablamos —de verdad— por primera vez en veinte años.
La nieve caía suavemente afuera.
Y por primera vez, sentí paz.
«Tenías razón», dijo. «Algo andaba mal».
La abracé y le susurré la verdad que debí haberle dicho hacía mucho tiempo.
«Nos salvaste a las dos».
Y así fue.
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