Algunos sentían lástima por Marisol, otros se burlaban:
“Ni siquiera logró darle un hijo… el destino es justo”.
Marisol permaneció en silencio, con la mirada perdida.
Recordó sus palabras: “Cumpliré con mi deber”. Pero ese deber nunca comenzó; todo terminó en una tragedia que nadie previó.
Después del funeral, el dinero recibido de la boda fue suficiente para pagar las deudas de su familia y el tratamiento de su hermano.
Pero a cambio, Marisol enfrentó un destino cruel: viuda a los veinte años, marcada para siempre como “la segunda esposa de Don Tomás”.
Su noche de bodas, que se suponía sería el comienzo de un compromiso lleno de presiones y expectativas, terminó convirtiéndose en la última noche de la vida de un hombre… y el comienzo de la pesada cruz que una joven tendría que cargar por el resto de sus días.
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